El rito

 

Todo empieza con un tono de misterio. La conversación va cambiando por muchos temas antes de llegar a ese punto tan específico, tan simple pero tan simbólico. Las miradas se esquivan, se destila cierto nerviosismo, cierta ansiedad… y, de pronto, mi tía me lanza cuidadosamente una pregunta:
– ¿Vas a comer aquí mañana?
Intuyo cuál es el lugar al que se dirige todo esto y aunque tuviera planeado el mejor de los almuerzos o la actividad más importante, la respuesta cambia inmediatamente a un sí. Igual pregunto, para no desentonar, el porqué.
– Porque se me ocurrió que podía cocinar pastel de carne.
En ese momento, un revoltijo de sensaciones se apoderan de quienes estamos invitados y escuchando. Hemos sido sorprendidos con la promesa de un deleite gastronómico, queremos saltar de alegría, pero al mismo tiempo sabemos que hemos sido invocados a recordar.
Tímidamente, alguien lanza la pregunta precisa para disipar dudas…
– ¿Pastel de carne? ¿El que se hace con masa?
Me doy la vuelta y con la mirada reitero la pregunta. Intento ser neutral y no romper la magia del rito secreto que hacemos juntos sin mencionarlo ni develar la verdadera intención cada vez que este plato es cocinado. Ella contesta:
– Sí. Pastel de carne, el que hacía tu mamá.
Todos quedamos en silencio, aprobando la propuesta y con el nudo en el estómago. Esa espera es como la de una primera cita. Las horas transcurren en un ambiente solemne, no dicho, no normado, pero solemne. Llega la hora y nos sentamos a la mesa. El corte del pastel se hace con total delicadeza y se reparte en los platos. Los tonos de voz son diferentes de lo usual, las conversaciones son mucho más cuidadas, las palabras se van articulando con mucho tino y muy despacito.
Ninguno menciona ni cuestiona esos cambios en el comportamiento familiar. Nadie lo dice pero todos sabemos que compartir ese momento significa tener a mi madre en la mesa, con nosotros, escuchar su voz, evocar sus movimientos y mirarla. Cada quien la recuerda siempre a su modo, usualmente nos sentamos a conversar libre y abiertamente sobre ella, pero este sencillo momento con este plato tan simple se ha convertido en un rito sobrecogedor que hay que proponer y tantear… que nos provoca una sensación muy distinta de otros momentos en los que la recordamos en conjunto.
Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
más dos que nunca. 
                                                        (César Vallejo, Trilce XVIII)


                                                                    

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