El claustro del pasado

Al fin, luego de 21 años de querer conocer esta tierra estoy frente a frente con el mascarón de la Casa de la Moneda. Me costó llegar para disfrutar del lugar más alto, más histórico, más frío y, a la vez, más cálido.
La ciudad está totalmente descuidada y abandonada, primero por quienes se mueven sólo bajo lógicas extractivas (estilo vividor o birlocha que te sacan la plata -textual en este caso- y te dejan). No, no hablo de la colonia española sino del abuso y olvido nacional,

 

Segundo, por sus habitantes desolados y resignados a transitar su calle principal (igual que en Oruro), como sino existiesen otras, como única forma de aglomerarse y darse ilusión de metrópoli, atrapados en la nostalgia de haber sido la ciudad más poblada… Resignados a ver su Cerro Rico hundirse y a sus amigos y familia hundirse en su Cerro Rico. Impávidos ante la majestuosidad de su patrimonio, porque ese no paga las cuentas, no da trabajo, no quita el frío.
Ciudad cuyo máximo festejo consiste en rodar todas las gradas del karaoke más infame, ese único resquicio que atiende más allá de las dos de la mañana. Potosí y sus horarios de claustro. Potosí enclaustrada en discursos turísticos de bonanza que no se corresponden con la realidad de sus casas, de sus calles, de sus proyecciones de futuro. Potosí como reflejo de uno mismo.

Potosí es una ciudad real (no de realeza, sino de autenticidad). Con su gente riendo y soñando como si esa realidad fuera también del pasado. Su gente amable y proactiva, emprendedora y participativa, como no existe en las ciudades “ensueño” llenas de puentes inútiles o anillos, llenas de vip restaurant’s, de cafés en los que se resuelven los problema mundiales y de sus terribles hedores a cloaca (también mental).

Crédito de las fotos en orden de aparición:
César Angel. Zaragoza vía photopin cc
César Angel. Zaragoza vía photopin cc

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