Anselmo, las tizas y yo

Cayó cuatro pisos desde el balcón, haciendo más ruido del que seguramente hizo en toda su vida. Hubiese querido levantarse de inmediato y sacudir el polvo pegado a su impecable pantalón negro. Las tres vértebras rotas que le impidieron ponerse de pie fueron las que crearon lo que él quería evitar. Ni bien abrió los ojos el mar de rostros iba en aumento. Gran día, por primera vez no despertaba solo.
Él especulaba sobre lo que murmuraban aquellos curiosos, ellos especulaban sobre lo que lo empujó a ese pequeño abismo. Todos tuvieron tiempo suficiente para crearse miles de historias mientras la policía especulaba si la llamada era una broma o un pedido urgente. La ambulancia llegó – 30 minutos más tarde- perturbando oídos somnolientos. Él, que no estaba acostumbrado a llamar la atención, entró en un pánico intenso que lo obligó a desmayarse. Cuando se incorporó no supo si hubiese preferido presenciar lo sucedido en su desvanecimiento o recordar las imágenes creadas por su terrible imaginación que le llevó a la prensa amarillista, cientos de flashes con 6 megapixeles de resolución y a su ex esposa riendo a carcajadas.
Era un hombre de pocas palabras e igual cantidad de amigos. Por suerte, la tía Carlota tenía una vasta agenda telefónica. Se puso los lentes minúsculos, encendió un cigarro y con el auricular en la mano izquierda, pasó por alto a los números de matones, políticos, indigentes, heroinómanos y bibliotecarios que tuvieron la suerte de amanecer en su cama, para detener -finalmente- su dedo índice en la dirección de un joven que trabajaba en investigaciones y que cada noche de jueves destilaba sus amargas depresiones adolescentes en el cuerpo de tan exhuberante mujer.
Ese jueves sacrificaron el ardor de sus carnes para encender una fogata con todo documento que
hiciera referencia a lo poco que se sabía del caso y lo mucho que quedaba por responder. Mientras llenaban el patio de cenizas, la laptop plateada era atacada sin descanso inventando pruebas de que aquello había sido un accidente doméstico y que Anselmo Guzmán era, en realidad, Juan Pereyra un maestro retirado sin conexión alguna con la matanza del 87.
A Carlota no se le escapaba ningún detalle. Después de las cinco horas de quemar y escribir, volvió a la agenda telefónica pero dudó de todo nombre allí inscrito prefiriendo hacer una última cosa por sí misma. Y yo, que fui el único testigo, pasé de ser un hombre común a ser la única persona en tener una silueta de tiza sobre la avenida más importante de un pueblo olvidado.

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